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Tempo

Me gusta el horizonte de los atardeceres
en silencio y a oscuras.

Me gusta convertirme
en poema
cuando experimento el encuentro ocasional
de mi soledad de las siete.

Me gusta que mis dedos conserven la temperatura
del exterior para cuando yo estoy en el fondo sumergida
en la contemplación de las agujas del reloj
en el paso fronterizo del segundero.

Me quedo con el reloj delante de mis pupilas
esperando que algún día se pare y deje de contar.
Me gusta esperar en la raíz amarga de la paciencia
porque estoy convencida de que el tiempo, algún día, frenará en seco,
dejará de palpitar su segundero y sabré escuchar el silencio de la eternidad.

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