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Otro atardecer de luz.

Cuando menos espero volver a tropezar con esa piedra preciosa y deslumbrante, me veo, de pronto, cayendo en el instante de tus ojos; en la profundidad de una mirada que de nuevo prende mis encantos y los pulveriza. De pronto, de nuevo, tus pupilas en las mías. Quema, quema como al principio de la chispa, sin embargo, a pesar de no encontrarme protegida como se debería al practicar un deporte de riesgo, nunca fue demasiado tarde como para arrepentirme, porque el fuego nunca llegó a prenderlo todo, ni llegué, con esa piedra, a caer del todo, a pesar del peligro nunca llegué a aterrizar del todo. Aunque el dolor sí fue real parece que ni el descenso ni la condensación llegaron a término; algo debió de salir mal durante el proceso de calibración de nuestras miradas. Quizás una cuerda se adelantó a la otra, quizás, esa teoría de cuerdas explique algo de esto, quizás es algo que deba aplicarse a este deporte de riesgo del que pocos saben salir ilesos, incluida yo, incluido tú. Pero yo supe, y en estos momentos nuevos también sabía, que una buena parte de mi cuerpo o de mi mente no necesitaba protección alguna, aún en riesgo, ambos se quedarían en suspensión y sostenidos por el aire en algún punto del espacio, porque contigo es siempre la misma sensación de infinita ingravidez, de constante y eterno voleteo. En la conexión de cables, en la posición de cuerdas y el ajuste de tensiones, había de confiar en que el único que podía sostenerme sería el instante de tus ojos en los míos, y que mi cuerpo, nada más volver a tocarte, se convertiría en partículas estelares. Pues ya lo dicen, del polvo venimos y al “polvo” acabamos llegando para convertirnos. Y a esta teoría, no sé si llamarla de cuerdas, de miradas o de riesgos, pero hube de destruir y vaciarme, para crear y penetrarnos, planetariamente.

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Comentarios

Toñi dice:

Gracias por estas bellas letras.

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