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𝓢𝓮 𝖍𝖆𝖈í𝖆 𝖋𝖆𝖑𝖙𝖆.

Siente algo en la amígdala. Algo parecido a la sensación que se te queda cuando comes algo que está podrido.
El cuerpo le pide agua. Le obliga a tragar todo ese amasijo experimental. Le sabe a caléndula, amarga y a oscuridad.
Sensación que, pasado lo pasado, apacigua a medida que recuerda la letanía en su boca invocando a Afrodita. Láudano de dioses. Minidosis de rima.

Camina a solas por la ciudad. La activación instintiva de sus entrañas le sugiere cambio, y allá que va. Deja de estar anclada a un miedo en el que ya no habita. Se cumplen sus presagios. Disfruta las visitas.

Su manada se ha ido y le ha dejado aquí; “apáñatelas solita”, decían.

Está buscando piso, a ser posible antiguo.
Si se siente ella misma es, sobre todo, cuando le bordean cosas que le parecen familiares y eso lo consiguen los techos y las esquinas. Anhela vivir  en el silencio, los calditos de paciencia a la hora del crepúsculo. Se lo nota.
Está deseando resolver los enigmas de sus posos.
Está matando a la vieja para que pueda renacer la ancestral.
Y todo este tiempo ha sido ella, no te confundas. LaOtra que tú has conocido es, en parte, consecuencia de su arte, no de su inseguridad.

Ah, y que haya una panadería cerca, decide. Ahora prefiere tomar decisiones a que las concesiones dependan de su fe. Si vuelve a confundirse será todo un bestseller, pero de momento está intentando hacer las paces con tu nombre, así que no la llames. No, mejor sigue como estás.
No le incomoda dormir sola, ni limpiar sus propios rotos, ni quedarse sin luz. Le inquieta el hecho de olvidarse las llaves. De que ahora no la necesitan y no está para salvar a nadie y, lo cierto es que, es verdad. Lo aprendió de su madre. Eso le duele y, curiosamente, le libera.
Ya puede ver el cartel de bienvenida en su cabeza. El hogar que tanto busca vuelve a estar en ella.

𝘚𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘢𝘮í𝘨𝘥𝘢𝘭𝘢 𝘺 𝘴𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘱𝘪𝘦𝘳𝘯𝘢𝘴.

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